La reconstrucción viene


Viene el momento de reconstruir el país. Más tarde o más temprano. A corto o mediano plazo. Desde octubre, desde febrero, desde más adelante, pero creo que es indetenible. Nadie puede decir cuándo va a pasar, cuál será el día que nuestra historia futura recuerde como un punto de quiebre. A lo mejor, en algunos ámbitos, la reconstrucción de Venezuela ya ha comenzado. Sin apoyo de papá Estado y a veces con su abierta hostilidad, hemos tenido notables avances en cuanto a la producción, la abundancia y la intensidad de nuestra literatura y nuestro teatro; y una vigorosa actividad en artes visuales que se desarrolla en uno que otro espacio público a cielo abierto o, sobre todo, en circuitos culturales de capital privado.

Pero lo cierto es que todo apunta a que ese cambio de rumbo se acerca. Como también apunta que no será en absoluto sencillo ni indoloro, que no tendrá sus ganadores y sus perdedores, que no significará, para cada uno de nosotros, distintos grados de desilusión.

Para no desilusionarse demasiado, naturalmente, hay que tener las expectativas correctas.

No se trata de que las cosas amanezcan chéveres de la noche a la mañana, sino de pensar, de trabajar, de hacer lo que haya que hacer para vivir mejor. Una elección presidencial no implica por sí sola que nuestros problemas se despejarán como la bruma ante el viento. Una reconstrucción de esa magnitud es un considerable esfuerzo que requerirá un liderazgo digno de él y una sociedad en su mayoría dispuesta a poner de su parte.

Los dramas venezolanos no son precisamente una humareda, un fantasma; son sólidos, complejos, difíciles. Pero no son indestructibles. Con los consensos adecuados, con la perseverancia necesaria, con exigirnos lo suficiente, se pueden derrotar; con tiempo y con costos, pero es posible.

Otras naciones lo han hecho y aunque ninguna sea perfecta, hay unas que en efecto tienen sus necesidades colectivas mejor cubiertas: países donde se puede caminar de noche, disfrutar de un parque nacional, reducir considerablemente la pobreza, confiar en el Estado, equilibrar los deberes con los derechos de manera que tengamos lo que merecemos y demos lo que se necesita de nosotros.

Con las medidas correctas, sí podremos ver buenos resultados muy pronto, porque estamos tan abatidos como país que con levantarnos unos cuantos centímetros del suelo ya estaríamos creciendo. Con otras medidas correctas, más profundas, tendremos que tener paciencia. Y tendremos que estar alerta para presionar a nuestros líderes si se equivocan. ¿Cómo saber si se equivocan? Pues leyendo, conversando, pensando sobre algo más que la curda del fin de semana o la cita con la peluquería. Dejarles todo a los políticos fue uno de los errores fundamentales que nos condujeron a estos años de enfrentamiento, de confusión y de pérdida.

Varios de los mejor amoblados cerebros del país han estado trabajando duro para ponerse de acuerdo sobre lo que hay que hacer; pero los cerebros de los ciudadanos comunes también son necesarios, para hacer las cosas bien en nuestros pequeños, respectivos ámbitos, y para estar alertas porque nuestros votos rindan, sirvan de algo: si vamos a darle poder a unas personas para que gobiernen en nuestro nombre, pues hay que encargarse de que nos den a cambio lo que necesitamos.

Y ojo, lo que necesitamos puede no coincidir con lo que queremos, pero eso es tarea de nosotros.

Rafael Osío Cabrices

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