La apuesta


Cuando llegue el momento de comenzar a reconstruir Venezuela,

que está por cierto acercándose, momento en el que de paso tendremos que aprovechar para fajarnos porque el país empiece a ser todo lo bueno que debería ser, habrá que hacer una apuesta personal. No la harán todos, porque hay que gente que nunca pondrá de su parte. Pero definitivamente muchos de nosotros tendremos que pasar del deseo a la propuesta y de la propuesta a la acción. Tendremos que hacer un abono cotidiano e individual porque las cosas sean mejores, aunque al principio no veamos un resultado de eso, nadie nos lo agradezca y una voz interior nos diga que todos los demás están comportándose como si lo colectivo no valiera la pena.

Es una cosa de tener fe, o mejor dicho de invertir en fe. Digo que hay que invertir en ella porque es como cuando se quiere montar un negocio: uno no puede tener la certeza sobre si le va a ir bien o no, pero se arriesga con esos reales porque sabe que sin ellos el proyecto nunca podría arrancar. Lo mismo pasa con la vida en este país. Hay que hacer una inversión de confianza. Sobre todo, de confianza en los demás. Moderada, cautelosa, está bien, pero más confianza que la que hoy tenemos.

Ésta es una sociedad de bajísima confianza. Hay que mejorar eso, y mucho. Esa desconfianza paraliza o inhibe que se hagan cosas pensando en el largo plazo y genera numerosos costos y obstáculos. El Estado desconfía de la población, la población del Estado, los padres de los hijos, las esposas de los esposos. Cunde la sospecha entre los compañeros de trabajo o de estudio, el “yo no quiero tener problemas contigo así que no te me acerques”, el “a mí el que me busca me encuentra”.

Una sociedad a la defensiva difícilmente puede progresar. Y no es que no haya razones para estar alerta, pero hay que bajar las defensas para poder mirar alrededor. Con los sentidos acorazados y las armas en ristre no se puede convivir.

Esa apuesta implicará, en ciertas ocasiones, dar un paso atrás. Cortar la espiral del insulto, la espiral de la agresión, la que se forma cuando uno responde al otro y éste a su vez debe superar la nueva afrenta con una peor, hasta que desaparece toda posibilidad de diálogo y sólo queda el combate. Acallar a última hora esa injuria que nos provoca soltarle al motorizado o al empleado del banco. Desactivar la bomba de tiempo que se nos despierta por dentro cuando creemos ver una provocación. Esto no es un campo de batalla, aunque a veces lo parezca. Es un país.

También tiene que ver con cumplir las normas, porque muchas veces no lo hacemos porque asumimos que más nadie lo hará y no queremos ser el único bolsa que se porta bien. Pero bueno, para reactivar los valores de la vida en común habrá que ser, ni modo, el único bolsa que se porta bien. Si los demás se saltan la luz del semáforo, no lo hagas tú.

Si los demás no dicen buenos días cuando entran al ascensor, hazlo tú. En eso consiste esa inversión: pon lo tuyo y trabaja. Con toda seguridad, seguirá habiendo gente que pretenda vivir del esfuerzo de los demás. Pero quien es decente ­¿se acuerdan de ese valor, la decencia?­ hace lo que considera correcto al margen de lo que decidan los demás.

Mientras más venezolanos hagan esa inversión, mientras más de nosotros nos atrevamos con esa apuesta, más rápido mejorará el ambiente de crispación y de agresividad en el que nos hemos acostumbrado a sobrevivir.

 

                Rafael Osío Cabrices

Ilustración Idana Rodríguez

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