¿Cuán grande es tu círculo?


 

Imagina que dibujas un círculo a tu alrededor y adentro metes a todas las personas que podrían compartir contigo la bandera de “nosotros”. Deja afuera a los que para ti deberían llevar el estandarte de “ellos”.

Míralos bien. Es casi seguro que apreciarás y respetarás a los del lado de acá. Y probablemente a quienes estén fuera les tendrás recelo, desconfianza, o incluso, una dosis de odio.

Esta separación entre unos y otros está dibujada en nuestra mente. O debería decir, en nuestra arquitectura cerebral. En la evolución de nuestra especie esta distinción entre ellos y nosotros fue una estrategia de adaptación y supervivencia que rindió buenos frutos. Estamos acá porque nuestros ancestros cazadores y recolectores formaron grupos de colaboración para mantenerse vivos en un ambiente retador y peligroso. Si aparecía otro grupo que amenazaba el territorio o los recursos, había guerra.

Somos una especie gregaria que durante años ha creado clanes, reinos, países, religiones e ideologías.

Así pasamos de las cavernas al condominio, y del código de Hammurabi a la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Pero en buena medida nuestro cerebro sigue funcionando como si estuviéramos a la intemperie. Viviendo en manadas.

La tendencia a colaborar con nuestra banda y ser agresivos con otras es aún parte de nuestra naturaleza. Sea que hablemos de un equipo de fútbol, un partido político, la diversidad sexual o la relación con otras nacionalidades, existe una fuerza natural que nos impulsa a dibujar el círculo de ellos y nosotros.

Reconocerlo es aceptar nuestra condición humana.

La buena noticia es que seguimos evolucionando.

Con asombrosa plasticidad, nuestro cerebro ha sido capaz de establecer circuitos más sofisticados capaces de desarrollar mejor empatía y una comunicación más profunda con otros seres humanos. Así, con mayor conciencia y conocimiento, podemos expandir el círculo de ellos y nosotros hasta quizás, algún día, desaparecerlo. Del individuo, a las naciones, a la especie y hasta alcanzar el planeta, existen muchas más cosas que nos unen que aquellas que nos separan. ¿Un ejemplo? Tu ADN se diferencia apenas 0,1% de los de un chino que en este momento disfruta su taza de Oolong en Beijing.

Pero hay quienes insisten en cerrar el círculo, casi siempre para beneficio propio. Es así como exacerban los prejuicios y los impulsos más bajos de las personas para cavar a fondo las trincheras. Abonando el terreno de las emociones, sembrando e induciendo pensamientos de separación, buscan mantener a las personas en constante estado de alerta y agresión.

 

Así, el miedo se convierte en moneda de uso común, espantando la verdadera felicidad con las llamas del odio.

¿Te estás encerrando a ti mismo, o te has dejado encerrar en ese círculo? Para salir de allí hace falta reconocer nuestras tendencias y condiciones humanas, pero sobre todo, se necesita el esfuerzo consciente de alimentar nuestras mejores intenciones y ver el entramado de vida del que somos parte. Mucho más allá de nuestras narices y nuestras creencias. Activando la energía del amor.

Recientemente leí que a una anciana indígena norteamericana le preguntaron cómo lograba vivir con tanta felicidad, sabiduría y respeto.

“En mi corazón hay dos lobos ­respondió ella­,

un lobo de amor y un lobo de odio.

Todo depende de cuál alimento cada día”.

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