Responsabilidad vs. Culpabilidad


¿Qué impide que una persona talentosa evite asumir su responsabilidad? ¡La culpa!

¿Qué impide que una persona talentosa evite asumir su responsabilidad?
¡La culpa!

¿Por qué será que mucha gente intenta evadir la responsabilidad que le corresponde, en especial, cuando las cosas se complican, es decir, amenazan con salir mal?

 Los motivos pueden ser muchos pero entre todos creo que existen 2 que se destacan por su gravitación e importancia. El primero consiste en la confusión conceptual en la que caemos en relación a la terminología utilizada. En principio, es lógico pensar que quien resulta “culpable” de una situación no querida deba hacerse  “responsable” de su error.

Mucha gente escapa a su responsabilidad simplemente porque no quieren reconocerse como culpables de la situación ni ser reconocidos por la sociedad como tales. Pero si ahondamos en los principios filosóficos de la culpabilidad podremos encontrar con cierta facilidad que “nadie es culpable por nada”, puesto que cada uno de nosotros hace lo que puede y recibe una determinante influencia de sus circunstancias.

Si nos hemos equivocado en algo sin ninguna mala intención nos resultará más fácil llegar a esta conclusión sobre nuestra falta de culpabilidad debido a que hemos hecho todo lo posible por acertar. En última instancia deberemos saber aceptar un fracaso que siempre puede resultar instructivo si sabemos aprender de sus enseñanzas, y no sentirnos culpables.

 Aun actuando de manera dolosa podremos encontrar circunstancias atenuantes ajenas a nosotros mismos que nos permiten descubrir nuestra falta de culpabilidad. Pero ello nunca significará, en ninguno de ambos casos anteriormente mencionados, la falta de responsabilidad para hacernos cargo de nuestros actos. Ya sea recibiendo una condena moral por parte de nuestro entorno o nuestra obligación, si fuese el caso, de responder frente a la justicia.

 Debemos entender en estos casos, que formamos parte de una sociedad que se mueve con normas para el bien de todos. De lo contrario viviríamos dentro de una anarquía. El segundo motivo está dado por el temor que produce en nosotros la invasión de pensamientos que recibimos presagiándonos las consecuencias negativas de nuestra acción, aun cuando ésta no haya sido voluntaria. Es decir, aquí no nos interesa tanto lo que de nosotros piense una sociedad o los demás en general sino las consecuencias que nuestra equivocada acción nos acarreará si ésta es descubierta. En este caso toma mayor peso el temor que producen los pensamientos sobre un futuro inmediato repleto de inconvenientes, algunos muy difíciles de enfrentar, antes bien que ser juzgado ética y moralmente por las personas que nos rodean o por uno mismo. Ambos motivos previamente expuestos pueden aparecer combinados en la misma persona respecto de idéntica situación aunque no siempre el individuo es consciente del porqué se siente culpable o no en cada caso.

 Sin descartar el escuchar la opinión de los demás y tomarla en consideración, en última instancia, cada uno de nosotros deberá realizar un honesto examen de conciencia a la hora de indagar sobre su probable responsabilidad respecto de hechos que hayan causado algún daño o perjuicio. Pero si corresponde, y no ha sido intencional, asumir la culpa reparando en la medida de lo posible el daño causado y la predisposición a aprender una lección de vida que nos evite repetir el mismo error en un futuro, es suficiente. 

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