Qué… porqué somos dependientes?


Robin Williams como Peter Pan

Robin Williams como Peter Pan

 

El bebé humano recién nacido es el ser vivo más frágil, dependiente y vulnerable que existe en la creación. Cualquier otra criatura viva, desde los unicelulares hasta los animales más avanzados, tiene una pequeña posibilidad de sobrevida cuando nace si no está la mamá o el papá para hacerse cargo. Un bebé humano no tiene ni siquiera una posibilidad en un millón, es absolutamente dependiente.

La solución que la naturaleza encontró para resolver esta dependencia absoluta de los humanos fue crear una relación donde difícilmente los padres puedan abandonar a los hijos. El instinto o el amor (prefiero pensar en el amor) nos lleva a sentir a estos “cachorros” como parte de nosotros; dejarlos sería una mutilación, sería como decidir renunciar a una parte de nuestro propio cuerpo.

Pero este mecanismo no sólo aporta seguridad, también genera problemas. A los padres esto no nos resulta nada fácil. Porque nunca es fácil ser el carcelero y el libertador. Esta sensación de que el otro es una prolongación mía puede ser muy buena para ese bebé en los primeros tiempos, motivándome a cuidarlo y protegerlo; porque en realidad el hijo fue concebido desde los deseos de los padres y por lo tanto la decisión es producto de una vivencia bastante autorreferencial.

Un día, a los trece años, mi hijo Demián, pesca en casa un libro de psicología y se pone a leerlo. Entonces viene y me dice:

¿Es verdad que los hijos somos producto de una insatisfacción de los padres?”… y me di cuenta que el libro tenía razón. Es este deseo insatisfecho —educado, pautado cultural o personalmente— lo que nos motiva a tener hijos. Los hijos nacen por una decisión y un deseo nuestros, no por un deseo de ellos.

Y a los padres nos cuesta.

Queremos retenerlos, eternizar el cordón que los une a nosotros.

Contamos para eso con la experiencia, el poder, la fuerza, el dinero y, sobre todo, el saber.

Porque siempre creemos que sabemos más que ellos.

—Papi… papi… Estuve con Huguito, que viene de pelearse con su papá…

—¿Y por qué se peleó con su papá?

—Porque el papá de Huguito dice que él sabe más que Huguito…

—Sí… hijo. El papá de Huguito sabe más que Huguito.

—¿Y cómo sabes vos, si no lo conoces al papá de Huguito?

—Bueno, porque es el padre, hijo, y el padre sabe más que el hijo.

—¿Y por qué sabe más que el hijo?

—Y… ¡porque es el papá!

—¿Qué tiene que ver?

—Bueno, hijo, el papá ha vivido más años… ha leído más… ha estudiado más… Entonces sabe más que el hijo.

—Ah… ¿Y vos sabes más que yo?

—Sí.

—¿Y todos los padres saben más que los hijos?

—Sí.

—¿Y siempre es así?

—Sí.

—¿Y siempre va a ser así?

—Sí, hijo, ¡siempre va a ser así!

—¿Y la mamá de Martita sabe más que Martita?

—Sí, hijo. La mamá de Martita sabe más que Martita…

—Decime papá, ¿quién inventó el teléfono?

El padre lo mira con suficiencia y le dice:

—El teléfono, hijo, lo inventó Alexander Graham Bell.

—¿Y por qué no lo inventó el padre de él que sabía más?

¿Será cierto que sabemos más que nuestros hijos?

A veces sí y a veces no.

En el mejor de los casos, intentamos capacitar a nuestros hijos para entrenarlos a resolver problemas que nunca van a tener. Porque van a tener otros… ¡que nosotros ni siquiera pudimos imaginar!

Los padres no vamos a vivir en el mundo de nuestros hijos. Nosotros hemos vivido en el nuestro.

Suceden cosas muy interesantes en el mundo en el que vivimos:

“los chicos vienen cada vez más inteligentes” “Los chicos nacen más maduros”

Ingenuamente, los padres siempre creemos que sabemos más acerca de las cosas que les convienen a nuestros hijos, qué es lo mejor para ellos.

A veces es cierto, pero no siempre.

Más allá de la estimulación, el material genético transmitido de padres a hijos también lleva información de aprendizaje.

Una parte del conocimiento adquirido en la vida se transmite a los hijos. Este material genético heredado conlleva información adicional que el hijo no tenía.

Ahora es como un enano subido a los hombros de un gigante. Es un enano, pero ve más lejos.

Pero… ¿Cómo no conservar actitudes de aquellos que fuimos —digo bebes, niños, adolescentes y adultos— si en realidad siguen viviendo adentro de nosotros y no los podemos negar?

Seguimos siendo los adolescentes que fuimos, los niños que fuimos, los bebés que fuimos.  Anidan en nosotros los niños que alguna vez fuimos. Pero… Estos niños pueden hacernos dependientes.Cuando esto sucede, la única solución es que alguien, un adulto, se haga cargo de mí. Hay un adulto en nosotros cuando somos adultos. Él, y no otro adulto, se hará cargo del niño que hay en mí.

Esto es autodependencia.

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