Panamá pasando factura. Cuando los panameños fueron la inmigración no deseada. Ahora son de sangre Azul.


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Un Gobierno desgastado, con su legitimidad cuestionada pero aferrado al poder. Una población desconfiada, decidida a hacerle difícil gobernar.

En los últimos años de la década del 80, Panamá atravesaba una situación similar a la que hoy confronta el hermano país de Venezuela.

Como muchos panas suramericanos, los panameños también decidieron emigrar.

Un grupo de recortes de periódicos canadienses de 1988 encontrados entre cajas olvidadas y cedidos a La Estrella de Panamá por la señora Alicia de Wong, revelan los duros momentos vividos por muchos nacionales que decidieron dejar su historia, amigos y parientes para irse al Canadá.

A finales de la década de 1970 y principios de 1980 Panamá parecía ser un oasis en medio de una Centroamérica convertida en un campo de batalla. Pero en 1985, el horrible asesinato del doctor Hugo Spadafora puso de manifiesto el creciente descontento hacia un régimen militar desgastado y dispuesto a hacer elecciones pero no a ceder su poder.

Los problemas habían empezado, tal vez, en 1984, tal vez antes, y se agravaron en 1985, pero la llamada ‘crisis’ tuvo una fecha exacta de nacimiento: el 1 de junio de 1987, cuando una de las hasta entonces figuras centrales del régimen, el coronel Roberto Diaz Herrera, acusó a su exjefe y amigo el general Manuel Antonio Noriega, de artífice del crimen de Spadafora y del ‘accidente’ del mismo general Omar Torrijos Herrera. También, aseguró el coronel, Noriega lideraba una red de tráfico de drogas y había ordenado el fraude de las elecciones de 1984.

En medio de protestas continuas, azuzadas por los norteamericanos deseosos de salir de Noriega, el entonces presidente estadounidense Ronald Reagan congeló los fondos del gobierno panameño en bancos norteamericanos, llevando al país al colapso económico.

Los bancos se vieron obligados a cerrar sus puertas y esto llevó a la disminución del circulante y el cierre de centenares de medianas y pequeñas empresas. El producto interno bruto se redujo en apenas uno meses a la mitad.

‘En lugar de dinero, cada quincena yo recibía 250 bandejas de pollo’, recuerda Ernesto, entonces gerente de una empresa avícola, confrontado con la inusitada necesidad de hacer trueque con sus vecinos y familiares.

Otros recuerdan a parientes con títulos universitarios que tuvieron que ponerse a vender verduras en la calle.

No siempre se trataba de dificultades económicas, sino de lidiar con el doloroso sistema represivo usado por el grupúsculo armado para mantener a raya a una mayoría de la población.

Personas sin inquietudes políticas fueron enviadas a Coiba y torturadas. Muchos ciudadanos que participaron en manifestaciones fueron heridos.

En medio de la situación, hay recuerdos que resultan hilarantes, como el de Rebeca, entonces de 15 años, quien recuerda haber visto una noche a su papá haciendo serios esfuerzos para convencer a un oficial de policía de que los rollos de papel higiénico blanco que tenía en el carro eran para uso familiar y no para la manifestación.

Pero si la situación era agónica, lo más duro eran las pocas esperanzas de cambio. El ejemplo era Cuba, con 30 años de experimentar una ‘situación especial’.

MIGRANTES

Roberto, un electricista de treinta años, padre de tres hijos, decidió dejar el país y aventurarse a Canadá. Estaba dispuesto a lavar carros, barrer calles o lavar platos, ‘lo que fuera, con tal de ganar dinero para mantener a mi familia’.

Como Roberto, entre julio y septiembre del año 1988, unos mil 700 panameños, entre ellos doctores, ingenieros, hombres de negocio, contadores y otros profesionales de clase media, eligieron a Canadá como destino.

La ventaja de este país era que a diferencia de Estados Unidos, por ejemplo, no se requería visa. Solo el pasaporte. Además, corría la voz en aquel entonces, de que el gobierno canadiense ayudaba a los que ‘de verdad’ querían trabajar.

Los comentarios callejeros y hasta la promoción activa de algunas agencias de viaje convirtieron a Canadá en un destino tan popular, que nuestros nacionales, no dados a emigrar de forma masiva, se convirtieron en la mayor ola migratoria que Canadá había experimentado desde finales de los 60.

Esta avalancha de visitantes provocó la curiosidad de la ciudadanía y la crítica de los opositores del gobierno, motivando a la prensa a reportar periódicamente sobre la presencia panameña en las ciudades de Otawa y Montreal.

Uno de los artículos periodísticos encontrados por Wong da cuenta de la desesperación de los funcionarios de inmigración del aeropuerto de Dorval, en Montreal, ante la marejada.

Solo en el mes de agosto de 1988 recibieron 800 peticiones de estadía permanente de parte de pasajeros que llegaban en el vuelo nocturno de Delta, en grupos de 20, 30 o 40.

Pero en septiembre los números empezaron a aumentar. El sábado 3, llegaron 61 panameños pidiendo ser acogidos. El domingo 4, fueron 84. La siguiente noche se recibieron 105.

Después de procesar 83 solicitudes, ya entrada la madrugada, los funcionarios de migración decidieron detener las entrevistas. El resto de los viajeros fue enviado en un bus a un centro de prevención donde tuvieron que pasar la noche. Como presos.

Enfrentarse con las autoridades de inmigración fue el primer vaso de agua fría que se les arrojaba encima pero no el primero.

El diario The Gazette, de Otawa, describe a los inmigrantes panameños como personas de clase media, mayormente entre los 25 y los 30 años.

‘La mayoría llega con sus familias y pocos tienen dinero’, prosigue.

El artículo también menciona con curiosidad que eran personas bien acicaladas, de buenos modales y llevaban ropa no necesariamente nueva, pero sí con marcas como Raph Lauren y otras similares.

Aunque bien preparados académica y profesionalmente, los inmigrantes no podían trabajar mientras no solucionaran el limbo legal en que se encontraban: para obtener su permiso de estadía debían acogerse a la figura legal de refugiados, sin embargo, para ganar este reconocimiento no bastaba con relatar los sufrimientos que experimentaban en su país de origen. Debían demostrar que eran perseguidos políticos, que en su país enfrentaban el riesgo de ser encarcelados, torturados o asesinados.

La mayoría no cumplía con esta condición. Y las autoridades canadienses lo sabían.

Muchos que solo habían participado en manifestaciones, se sintieron obligados a mentir y exagerar su historia ante las autoridades.

Pero aun mintiendo y exagerando el proceso de obtención del permiso de estadía les parecía interminable. Podía durar desde unos pocos meses hasta 2 años.

El Toronto Star del octubre 11, relata la historia de dos inmigrantes, Eric, médico de 26 años y Lynette, de 23, quienes, mientras esperaban a que se le ‘arreglaran los papeles’, pasaban hambre en esta ciudad.

En medio de las críticas de los políticos, había quienes salían a defender a los panameños. La abogada canadiense Barbara Jackman declaró a la prensa que se estaba sometiendo a los panameños a una tortura.

Pero poco se podía hacer. Eran apenas números más en un sistema copado. Su arribo coincidía con un atasco en labores de Migración, que había acumulado 59 mil solicitudes de peticiones de asilo para ciudadanos de países como Brazil, Fiji, Turkía, Honduras, Bolivia, Mauricio, Gambia y Sierra Leona.

Mientras los panameños seguían llegando, las fuertes críticas de la oposición política y los continuos reportes de la prensa en momentos en que se aproximaban las elecciones, obligaron al Gabinete a tomar una decisión para lidiar con el problema de Panamá.

Se mencionó la idea de una amninistía, pero el 7 de septiembre la decisión fue que de inmediato los panameños necesitarían visas para entrar a Canadá.

La decisión fue comunicada de inmediato a aeropuertos internacionales a las 3 de la tarde de ese mismo día.

El informe llegó a Miami poco después de que un grupo de 13 viajeros panameños hubiera abordado el vuelo Delta 214 hacia Canadá.

ENTRE ESTOS ESTABAN

Reynakldo Miranda, de 27 años, y su esposa, Ariadna Miranda, de 25 años, con su hijo de tres años, Reynaldo, quienes habían vendido todos sus bienes para irse al Norte.

Fueron los últimos solicitantes de estatus de refugiados que pudieron entrar a Canadá sin visa.

Mientras tanto, a los pasajeros de otro vuelo Delta que llegaba a Miami procedente del Istmo, se les impedía culminar su viaje a Canadá. Se les avisó que el gobierno de este país les había prohibido entrar sin visa. Para obtener la visa debían viajar a Costa Rica ya que en Panamá no había consulado canadiense.

En 1989, al momento de la invasión norteamericana al istmo, muchos de los inmigrantes no habían obtenido todavía su permiso de estadía permanente. La mayoría de ellos optó por volver a su país, pero muchos que sí lograron su estatus de migrantes hicieron de Canadá su nuevo hogar.

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