Con Trump, se hace realidad una presidencia alguna vez inimaginable.


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WASHINGTON — Cuando el presidente Donald Trump se reúne con asistentes para hablar de política o prepararse para un discurso, puede preguntar los pros y contras de una nueva propuesta. Puede consultar acerca de su posible efecto. Puede explorar la mejor manera de enmarcar su argumento.

Sin embargo, hay algo que casi nunca hace. “Rara vez pregunta qué hicieron otros presidentes”, dijo John F. Kelly, el jefe de personal de la Casa Blanca.

Trump es el presidente número 45 de Estados Unidos, pero ha pasado gran parte de su primer año en el poder desafiando las convenciones y normas establecidas por los 44 anteriores y transformando la presidencia en maneras que alguna vez se pensaron inimaginables.

Bajo el mandato de Trump, la presidencia se ha convertido en un instrumento directo para alcanzar metas personales, de políticas y política. Ha revolucionado la manera en que los presidentes lidian con el mundo más allá de la avenida Pensilvania 1600 y se ha deshecho de la comunicación cuidadosamente modulada de los jefes del ejecutivo para darle espacio en su lugar a arranques descontrolados, desastrosos, divisorios y desdeñosos que nacen de sus instintos y agravios.

Ha mantenido un negocio extraoficial; ha atacado al FBI, a la CIA y a otras instituciones que supervisa; amenazó con utilizar su poder en contra de sus rivales, y desató una guerra contra los miembros de su propio partido e incluso de su propio gabinete. Despidió al hombre que investigaba su campaña y no ha descartado la posibilidad de despedir al que lo sucedió. Ha recurrido a instintos primitivos en torno a la raza, la religión y el género como ningún otro presidente lo ha hecho en generaciones. Además, ha blandido el sable nuclear con más ahínco de lo que se ha demostrado desde la época de Hiroshima y Nagasaki.

La presidencia ha servido de vehículo para que Trump construya y promueva su propia narrativa, una con un brío crepitante pero llena de imprecisiones, distorsiones y mentiras descaradas, de acuerdo con quienes se dedican a verificar hechos. En vez de ser una fuerza de unidad o una voz tranquilizante en una época turbulenta, la presidencia ahora es un arma más en una campaña permanente de divisiones. Los demócratas y muchos republicanos de élite se preocupan de que Trump haya acabado con la autoridad moral de la presidencia.

“Estamos viendo que la presidencia se ha transformado completa y esencialmente de una manera que no creo que hayamos visto desde antes de la guerra civil”, dijo Jeffrey A. Engel, el director del Centro para la Historia Presidencial en la Universidad Metodista del Sur y autor deWhen the World Seemed New acerca del presidente George H. W. Bush. “Trump argumenta que debemos cuidar a mis enemigos. De verdad que no puedo pensar en ningún precedente”.

Lo que les preocupa a las personas dentro de Washington es que ha sacudido a muchos afuera del entorno político. Trump ha hecho a un lado la mitología de una presidencia magistral alejada del pueblo para darle lugar a una accesibilidad de telerrealidad que toca fibras en partes del país aisladas por las élites. Esa indiferencia a la manera en que las cosas siempre se han hecho les ha dado energía a los principales simpatizantes de Trump, quienes celebran sus esfuerzos por destruir lo políticamente correcto, atacar a las élites petulantes y destruir un sistema egoísta que, según ellos, ha afectado a los estadounidenses comunes y corrientes.

“Las normas y convenciones son exactamente contrarias a lo que hizo campaña y, en su opinión, son la razón por la que estamos pasando por esta transición”, dijo Kelly en una entrevista. “No toma decisiones intencionalmente de lo opuesto a lo que los presidentes anteriores harían, por ejemplo. Tiene una opinión personal de lo que es mejor para Estados Unidos”.

Al acabar con la dinámica tradicional de gobierno, Trump se ha hecho el personaje dominante en la vida estadounidense aunque las encuestas muestren que también ha sido el presidente menos popular durante su primer año de la historia moderna. Está poniendo a prueba la idea de que un presidente aún puede rehacer de manera efectiva al país sin asegurar o incluso sin ir tras un mandato más amplio.

“Se trata de alguien que define la presidencia de manera muy distinta”, dijo Michael Beschloss, el historiador presidencial. “Trump básicamente está diciendo: ‘No voy a operar solamente dentro de los límites que los fundadores podrían haber esperado o que la gente pudo haber esperado durante 200 años. Voy a operar dentro de los límites de lo que es estrictamente legal y voy a tratar de empujar esos límites si puedo’”.

No solo los ha empujado. Trump ha destrozado los límites, por lo menos los que sus predecesores cuidaron. “Todos los demás parecían moverse dentro de ciertas fronteras”, dijo William M. Daley, quien trabajó para dos presidentes, primero como secretario de gabinete de Bill Clinton y después como jefe de personal en la Casa Blanca bajo el mandato de Barack Obama. “Pero este opera totalmente fuera de cualquier margen”.

En épocas recientes, la mayoría de los presidentes han buscado expandir el poder de su gobierno y Trump ha seguido esa tendencia. Al igual que Obama, frustrado por la oposición en el Congreso, utilizó de manera ambiciosa su poder ejecutivo, solo para que a veces lo frenaran las cortes, Trump ha recurrido a su autoridad presidencial para promulgar políticas arrasadoras.

Sin embargo, se ha opuesto a los límites impuestos a la presidencia como pocos lo han hecho, despotricando contra jueces, legisladores, investigadores y periodistas que lo enfurecen y expresando frustración por no poder usar al FBI como le da la gana. Su sentido del gobierno no se basa en la creación de coaliciones o en el equilibrio entre ramas iguales del gobierno. Él ejerce uno en el que decide qué es necesario y en el que el sistema debe apegarse a sus ideas.

Trump está creando precedentes que podrían durar más que su mandato. Está haciendo que la presidencia sea más auténtica y más autocrática, según el punto de vista. De cualquier manera, puede que jamás vuelva a ser lo mismo.

‘Por eso ganó’

Trump, el primer presidente que jamás trabajó en el gobierno ni el servicio militar, en repetidas ocasiones se salta los límites que sus predecesores atendieron. Cuando la alcaldesa de San Juan, Puerto Rico, se quejó de los esfuerzos federales de recuperación después de que la isla fuera arrasada por el huracán María, Trump la tachó de ser “desagradable”. Cuando no recibió la gratitud suficiente por ayudar a liberar a tres basquetbolistas universitarios estadounidenses en China, exclamó: “¡Debí dejarlos en la cárcel!”.

Acusó a Obama de intervenir las líneas telefónicas de la Torre Trump, lo llamó un “tipo malo”, una declaración que rechazó el propio Departamento de Justicia de Trump. Dijo que había “personas muy decentes en ambos bandos” cuando habló del mitin de supremacistas blancos y contramanifestantes en Charlottesville, Virginia.

Incluso en cosas pequeñas, Trump ha roto el protocolo presidencial. Los presidentes generalmente no hablan de los cambios bursátiles diarios ni de los planes de expansión corporativa, pues lo consideran inapropiado. Pero Trump con ansia anuncia aumentos en el mercado, que los convierte en un sustituto métrico de éxito dados sus bajos números en las encuestas, y se adjudica el crédito por decisiones corporativas con el gusto de un alcalde o un gobernador, ya sea en relación con sus políticas o no.

A sus simpatizantes les parece refrescante la voluntad que tiene para decir cualquier cosa y atacar a quien se le ponga en frente.

“Algo que le ha hecho al Despacho Oval y a nuestra cultura política en general es traer mucha más autenticidad de lo que la gente estaba acostumbrada con los políticos”, dijo Andy Surabian, un asesor sénior de Great America Alliance, un grupo alineado con Trump. “Sin importar lo que se piense de él desde un punto de vista ideológico, creo que, por primera vez en mi vida, tenemos a alguien en el Despacho Oval que no parece de plástico”.

“Todo el tiempo escuchamos que no es presidencial”, agregó. “Pero yo pienso: ‘Por eso ganó’”.

Otros presidentes han experimentado con la manera en que se comunicaban con el público y fueron criticados por socavar la dignidad del puesto, solo para que sus innovaciones se convirtieran en estándares para sus sucesores. Franklin D. Roosevelt instituyó las charlas hogareñas en la radio. Dwight D. Eisenhower inauguró las conferencias de prensa en televisión. John F. Kennedy permitió que los informes se transmitieran en vivo en vez de que se grabaran y editaran.

Sin embargo, esos presidentes no utilizaron sus plataformas como armas, algo que Trump sí ha hecho. Además, presidieron estructuras serias, aunque a veces engorrosas, de creación de políticas, diseñadas para fundar sus decisiones. Las decisiones de Trump, anunciadas en Twitter, a menudo parecen reacciones repentinas a algo que vio en televisión.

‘Es una guerra en contra de todo’

“Es una guerra contra todo. Es un pleito de bar de nunca acabar. Y se utilizan todas las ventajas posibles, cada arma disponible”, dijo Jon Meacham, quien ha escrito biografías de varios presidentes. “¿Acaso una parte del legado de Trump será un estado permanente de guerra contra la política y los medios? Odio decirlo… mi instinto me dice que sí, pero espero estar equivocado”.

‘Una institución duradera’

Si la presidencia poco convencional de Trump tiene éxito, podría establecer un nuevo paradigma. Si fracasa, sería una moraleja para sus sucesores.

 

A todos los Organismos Internacionales. VENEZUELA: LA VERDADERA RAZÓN DEL CIERRE DE FRONTERAS CON ARUBA, CURAZO Y BONAIRE


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Lo del bloqueo es cierto a partir de hoy y por 72 horas.

A partir de hoy y en la próximas 72 horas si todo sale bien y el cielo encapotado los deja para que no puedan ser monitorizados por satélites, terminarán de instalar un cable de fibra óptica que viene desde Cuba de forma clandestina, contrato que se firmó en La Habana con la empresa francesa Alcatel Lucent bajo el mas estricto secreto. Con cláusulas de confidencialidad por parte de la empresa que bajo ningún concepto revelaría esta instalación.

El plan está tutoriado por el equipo de comunicaciones secretas militares de Rusia con apoyo cubano, sin ningún tipo de conexión venezolana para que no puedan ser hackeadas dichas comunicaciones por traidores militares venezolanos.

Se cierra todo tipo de comunicación que pueda visualizar dicha instalación por parte de las fuerzas norteamericanas o de cualquier otro ciudadano. Es por ello que no quieren ningún tipo de de sobrevuelo o navegación por la zona que ponga al descubierto la operación militar.

El punto de anclaje del cable será Morón, en las instalaciones de Pequiven que están siendo utilizadas por las fuerzas militares Ruso-Iraníes para la fabricación de armamento misilísticos de largo alcance y que está siendo exportado hacia esos países y que instalan en algunos puntos de Venezuela para amenazar estratégicamente al “Imperio” y países vecinos.

Con esta información se les cae todo el plan. No duden que esta página se caiga en las próximas horas como represalia a esta publicación.

Venezuela está siendo utilizada por Cuba, Rusia, Irán y China para urdir sus planes contra los EE.UU. Venezuela está invadida silenciosamente por los cubanos y sus fuerzas militares.

 

 

El problema catalán: causas, creencias y aspiraciones. La unión hace la fuerza. Ahora: Los Catalanes tienen el derecho de decidir fortalecer la República Española o de la mano de los politiqueros de oficio dejarse llevar en caída libre a la desgracia.


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Desde hace casi ya siete años la siempre compleja inserción de Cataluña en España ha conocido una sucesión de iniciativas y réplicas que pone sobre la mesa un creciente alejamiento, una incomprensión e, incluso, un rechazo que no habíamos visto desde los años treinta del siglo pasado. Esta situación se está prolongando demasiado y no se atisban iniciativas creíbles para abordarla. Antes bien, predominan posturas que proporcionan explicaciones rápidas y fáciles que permiten soluciones inmediatas, pero la complejidad del asunto exige una lectura más sosegada. La razón aconseja saber mejor lo que piensan los demás.

Con este fin ordenamos y exponemos datos ciertos sobre lo que piensa la sociedad catalana, y ello tan lejos de la pasión como de la interpretación interesada de los actores políticos. Son ocho pinceladas que ayudan a explicar las opiniones de los ciudadanos de Cataluña sobre el proceso soberanista, de acuerdo con las sucesivas encuestas conocidas.

La coincidencia y estabilidad de los datos refuerza su valor como radiografía de la situación y ponen de relieve la fortaleza del sentimiento identitario y el agotamiento del modelo autonómico y de relaciones actuales con el Estado, pero también las limitaciones que las aspiraciones independentistas tienen en el conjunto de la sociedad catalana y el escepticismo respecto al éxito del proceso.

Cataluña cuenta con un espacio público y de debate político propio y diferente del resto de España

El sistema de medios informativos interno propio de Cataluña aporta un espacio público que ayuda a configurar un debate político propio en el que se conforma una opinión mayoritaria que no siempre coincide con la del resto de España. Esto ayuda a crear una agenda privativa con problemas y cuestiones de interés diferente, de modo que los órganos de decisión política situado en Madrid, así como la opinión pública con proyección estatal, son ajenos al diagnóstico que proporcionan los encuestados en Cataluña.

Teniendo en cuenta que el 80% de la población accede a la información política a través de la televisión, tiene un enorme significado que el 47% de los televidentes, el 60% de los oyentes de radio y el 76% de los lectores de prensa escrita accedan a una información elaborada en la Comunidad y con poca o nula presencia de los cuatro diarios publicados en Madrid.

Un efecto de este panorama informativo es que el número de encuestados a quienes les interesa mucho o bastante la política española es del 43%, mientras que el interés por la política catalana asciende hasta el 55%, un dato que indica desatención y ajenidad, por no hablar de dificultad para encontrar temas de debate compartido. Igualmente, un amplio sector valora las elecciones al Parlament de Cataluña como más importantes que las elecciones al Congreso de los Diputados.

La mayoría de los ciudadanos opta por una identificación colectiva dual, catalana y española, pero también la mayoría tiene la certeza de que Cataluña es una realidad específica en España

De forma predominante se asume una identificación colectiva compartida catalana-española, en sus tres grados de preferentemente española, preferentemente catalana e igual, y que sorprendentemente supera a la opción independentista. Esta realidad continúa hoy día, a pesar de que en los últimos años se haya reducido sensiblemente, pues en enero de 2010 era del 78% y ahora es del 62%.

Este dato convive con otro significativo: los encuestados que optan por identificarse como predominante o exclusivamente catalana son el 48%, cuando en enero de 2010 eran el 46% y en octubre de 2012 llegó al 58%.

La sociedad catalana ha asumido una visión optimista del presente y del futuro de Cataluña, que contrasta con una opinión pesimista de España

La valoración de la situación política y económica de Cataluña es mucho más positiva que la de España: el 85% de los encuestados opina que la situación política de España es mala, muy por encima del 61% que opina que la situación política de Cataluña es mala. Los que consideran que la situación económica de España es mala o muy mala son el 77%, mientras que los que opinan que la situación económica de Catalunya es mala o muy mala son el 66%.

Además, se repite la creencia de que la situación política de Cataluña será mejor dentro en uno o dos años e incluso los abstencionistas son más optimistas cuando se les pregunta por el futuro de Cataluña y de España. Esta percepción impulsa la opción independentista.

La independencia despierta una mayoritaria expectativa de mejora de las condiciones de vida o, al menos, de mantenimiento de las actuales. La suma de estas dos alternativas supone el 59%, frente al 31% que considera que las condiciones de vida empeorarían en caso de independencia.

En este clima de confianza, la mayor parte de la población encuestada no cree muy probable la inmediata salida de una Cataluña independiente de la Unión Europea: el 50% lo cree poco o nada posible, mientras que el 40% lo ve seguro o muy probable.

 Y en coherencia con este contexto optimista, la valoración que los ciudadanos tienen del Gobierno catalán es menos mala que la valoración del Gobierno central. La valoración negativa de la actuación del Estado alcanza el 84%, frente al 52% que valora negativamente la actuación del Gobierno de la Generalitat. Los motivos de esta actitud parecen indicar que en las actuales circunstancias no se relaciona la actuación de los Gobiernos con los resultados de las políticas que impulsan o practican. O visto de otra manera, en el escenario catalán actual la opinión pública juzga más a los políticos que a sus políticas.

La desconfianza y rechazo del Estado español se intensifica notablemente cuando se refiere al Partido Popular

El primer partido en resultados electorales en España, el Partido Popular, es visto como una opción alejada por el 82% de los encuestados: el 68% lo considera muy distinto y el 14% como bastante distinto. Este rechazo está muy por encima del que despierta C´s (67%) o el PSC (52%). Es una percepción coincidente con la que se tiene del Partido Conservador en Escocia y que se oyó en el referéndum de 2014 como un argumento más en favor de la independencia.

Es claramente mayoritaria la insatisfacción con el actual régimen autonómico, aunque la alternativa independentista no logra destacarse por encima del 50%

Desde hace ya bastantes años existe una mayoría que se declara insatisfecha con el nivel de autonomía alcanzado. En marzo de 2006 era el 58%, ahora es el 63% y tras la Sentencia del Estatuto llegó al 66%. Entre octubre de 2012 y noviembre de 2013 superó el 70% y llegó al 73% en junio de 2013, con ligero descenso desde entonces.

A la vista de esta desconfianza, la forma de organización territorial preferida es la del Estado independiente, con un 40%. La suma de esta opción y del 23% de encuestados que optan por la federalista suponen una mayoría destacada de catalanes que desean ir más allá del actual sistema autonómico, con el 63 %. Destaca, además, el elevado porcentaje de indecisos, con un elevado 8% de encuestados que no saben o no contestan.

La opción independentista es la primera desde junio de 2012, cuando se produce el verdadero cambio de opinión, pocos meses después de la victoria electoral del PP y no tanto tras la Sentencia de 2010. El dato más elevado fue del 48,5% en noviembre de 2013.

Este sentimiento independentista ha crecido en los últimos años, de modo que el 20% que declara ser independentista de toda la vida ha quedado superado por un 25% que dice haberse vuelto independentistas en los últimos años.

Los motivos para optar por la independencia se basan en razones identitarias, pero también se justifica por que supondría mejores condiciones de vida y mayores beneficios. En concreto, los tres motivos a favor de la independencia serían la capacidad y deseo de autogestión económica, la mejora de Cataluña, el sentimiento de incomprensión y ganar capacidad de decisión.

La suma de estos motivos de índole económica que asocian la independencia con la prosperidad se acerca al 60%. La suma de motivos identitarios o relacionados con el incremento de poder de decisión política suman algo más de ese 60%.

En el lado contrario, el principal motivo por el que los ciudadanos votarían en contra de la independencia es destacadamente el deseo de preservar la unidad de España, que es del 29% en noviembre de 2014. En segundo lugar se mencionan motivos identitarios y en tercer lugar la creencia de que no sería positivo para Cataluña o porque simplemente se estima inviable.

La sociedad catalana demuestra una fuerte desconfianza e insatisfacción con la actuación del Estado

Una sólida mayoría, que en junio de 2012 era del 75%, cree que la gestión tributaria debe corresponder a la Generalitat, que la solidaridad interterritorial es excesiva y que el Estado desatiende las necesidades de Cataluña en inversión.

Todos estos datos indican que una clara mayoría de los encuestados probablemente considera un mal negocio la integración de Cataluña en España. La pregunta de la solidaridad interregional es reinterpretada en junio de 2011 y se pregunta directamente si sería suficiente la recuperación de los 16.735 millones de euros en que se cuantifican los impuestos pagados por Cataluña a España, a lo que el 60% responde favorablemente.

En la misma línea, en junio de 2015 el 79% de los encuestados está totalmente o más bien de acuerdo con que el dinero recaudado en Cataluña y que no regresa es excesivo. Por todo ello, las relaciones financieras entre Cataluña y el Estado son consideradas mayoritariamente como injustas.

Es más, esta opinión también está muy arraigada entre votantes de ICV (76%) y del PSC (72%), e incluso tienen llamativos porcentajes entre los votantes de C´s (45%), mientras que tan sólo los votantes del PP mantienen en su mayoría una opinión contraria (28%).

En especial, se aprecia una fuerte insatisfacción por las inversiones que el Estado impulsa y lleva a cabo en Cataluña, pues existe un 50% de encuestados que, directamente, cree que las decisiones del Gobierno español en materia de infraestructuras perjudican a Cataluña.

La sociedad catalana percibe el referéndum como un acto de justicia y como el ejercicio de un derecho democrático

Como resultado lógico de la aceptación de la identidad colectiva diferenciada de Cataluña y de su consideración como nación, la existencia de un demos es tácitamente apoyada de forma clara y, por lo tanto, lo es también el derecho a expresar su voluntad de permanecer o no en España, que casi alcanza al 80%.

La alta consideración del derecho a decidir también se aprecia cuando se valora la reacción del Estado ante el proceso soberanista, ya que es mayoritaria la idea de que en España no existe democracia porque no se permite votar en Cataluña (56%) o que juzgar a un político por consultar a los ciudadanos es un atentado contra la democracia (46%). También merece resultados dudosos la afirmación de que el respeto a la ley es la base de la democracia, lo que concita importantes opiniones en sentido contrario.

Existe un fuerte escepticismo respecto a la posibilidad de acuerdos con el Gobierno, pero también respecto del resultado final del proceso soberanista y una escasa esperanza de que Cataluña alcance la independencia

La opinión pública catalana no espera demasiado del Gobierno central, y esto probablemente aporta solidez al deseo independentista. Es más, predominan los que no ven nada probable que el Gobierno ofrezca un acuerdo, con el 39%. Como quiera que el 33% piensa que es poco probable, la suma de estas dos posturas supone el 72% de los encuestados. En el lado contrario, el 18% piensa que el acuerdo es bastante o muy probable y el 10% no sabe o no contesta. En este punto el escepticismo cada vez es mayor, ya que en octubre de 2014 la suma de las dos primeras opciones era del 64%.

Esto no es obstáculo para que la mayoría de los votantes crean que se habría de aceptar una posible oferta del Gobierno, e incluso la aceptación de la oferta de diálogo supera el 50% entre los votantes de la CUP (50%) y JxSí (63%).

Sólo el 18% de los encuestados cree que el proceso finalizará con la independencia de Cataluña. Y resulta llamativo que, a pesar de las fuertes dudas, la opción más extendida es la que cree que finalizará con algún tipo de acuerdo (44%), mientras que el 28% cree que se abandonará por falta de apoyo social suficiente. Es decir, parece que la persistencia de la situación actual no es impedimento para que la creencia en un acuerdo razonable sea aún la opción que en primer lugar eligen los encuestados.