Maduro, marcha sin retorno.


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Por:  Gregorio Salazar

El vecindario no pareciera estar ubicado en la ciudad de un país que está a las puertas de recibir tropas extranjeras en son de paz o de guerra. Extraño pero cierto. Uno mira el chat y lo que encuentra son los apuros para llegar a tiempo a la compra del combo de pollo y huevos o el pago de las cajas CLAP, cuya distribución el gobierno intensificó esta semana en todo el territorio nacional. Eso sí, bajando en contenido y subiendo de precios, aunque todavía un regalo. Se insertan audios, videos, fotos y memes, pero la discusión o el intercambio de opiniones entre vecinos sobre el gran trance nacional está ausente. Sospechamos que más por cautela de convivencia comunitaria que por indiferencia, porque es imposible que no haya temores y/o expectativas.

A pesar de que hasta mediados de semana la marcha de los acontecimientos no ha sido vertiginosa ni mucho menos, no más allá de rounds de estudio o escarceos como el presentado con el bloqueo de un puente fronterizo con Colombia, crece la certeza de que la marcha para la salida de Maduro del poder no tiene retorno, que eso ocurrirá más temprano que tarde, por las buenas, las malas o las peores. Trump sabe que ahora es aquí en Venezuela donde se juega su reelección y no va a desaprovechar el desconocimiento que ha hecho del gobierno de Maduro la mayor parte de América Latina y de la Unión Europea.

Mucho menos va a ignorar el inmenso nivel de rechazo del agobiado pueblo venezolano, empujado cada vez más a vivir en condiciones infrahumanas. Los niveles de desaprobación, según algunas firmas encuestadoras, superan el 80 por ciento. El régimen de Maduro ha quedado convertido en una fuerza de ocupación que en aras del poder sacrifica a su pueblo con la injerencia de gobiernos extranjeros. La intervención humanitaria apela a la causa justa de detener un holocausto en marcha

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Venezuela?… Trasfondo de la segunda Guerra Fría.


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P0r: @FernandoMiresOI

 Dos temas han dominado la prensa mundial durante los últimos días. Uno: el reconocimiento de Estados Unidos a Juan Guaidó como presidente interino de Venezuela, seguido por el ultimátum de las naciones europeas a Nicolás Maduro para que muestre disposición a convocar nuevas elecciones. Dos: la ruptura del acuerdo nuclear entre EEUU y Rusia. Los dos temas tienen un solo destinatario: Vladimir Putin. Razón más que suficiente para que la mayoría de los comentaristas políticos norteamericanos y europeos hubieran comenzado a hablar de “La Nueva Guerra Fría”.

“Nueva Guerra Fría”: Como titular de periódico es bueno. Como expresión de una nueva realidad política internacional, tal vez. La llamada Guerra Fría -término inventado por el escritor George Orwell en 1946- fue una confrontación indirecta entre dos grandes potencias mundiales. Pero Rusia es hoy solo una potencia regional (Obama dixit) aunque con pretensiones de erigirse en sucesora de esa potencia mundial formada por la URSS y sus aliados. Es lo que justamente quiere evitar -en continuidad con la política Obama- la administración Trump. Parece ser también la filosofía que inspiró a Trump a romper el día 01.02-2019 con el así llamado Tratado de Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio (INF, por sus siglas en inglés).

El término “alcance intermedio” juega un rol fundamental. Estados Unidos dispone de zonas europeas para realizar operaciones de alcance intermedio y hará lo imposible para que Putin no intente crearlas en sus cercanías, es decir, en América Latina. A partir de esa situación se explica el interés de Putin por cultivar amistad con las “tres dictaduras”: Cuba, Nicaragua y Venezuela y, a su vez, el interés de Trump para que Putin saque lo más pronto posible sus manos de América Latina.

La posición de Trump frente al tema venezolano tiene por lo tanto muy poco que ver con la tragedia que vive Venezuela bajo la férula de Maduro. Lo que más interesa a Trump es advertir a su colega Putin que los propósitos orientados a expandir su radio de acción geopolítica tienen límites. Dicha posición cuadra perfectamente con la premisa sentada en el pasado reciente por Henry Kissinger: “Ninguna Cuba más en América Latina”. Si Kissinger alentó la instalación de crueles dictaduras militares en el cono sur a fin de detener al “comunismo”, hoy Trump levanta su mano en contra de Putin y también mueve negativamente el dedo: “Aquí no, tú. Todavía mantenemos nuestras zonas de influencias. Con ellas no te metas Vladimir”.

Trump ha tenido hasta ahora un comportamiento respetuoso hacia Putin. Mucho más que hacia Angela Merkel, para poner un ejemplo. Retiró incluso sus tropas de Siria cediéndosela amablemente a Putin, aceptando que ese espacio le corresponde al autócrata ruso por derecho propio al haber “pacificado” sangrientamente al país y convertido al tirano Bashar al- Asad en su empleado personal. El problema es que durante la implementación de esas decisiones bilaterales, Trump no se dignó a hacer la menor consulta a sus ex aliados de Europa. Fiel a su creencia de que solo él debe velar por los destinos de América, pasó por alto el hecho de que Rusia es el principal adversario de la UE, el que alienta ultraderechas y ultraizquierdas para desestabilizar a sus gobiernos, el que espera el primer resquicio para recuperar posiciones perdidas por la ex URSS en Ucrania y probablemente en los países bálticos. En ese marco hay que ubicar la ruptura de los convenios relativos al armamento nuclear.

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Un dictador en la ONU… Venezolanos que este evento no nos distraiga del objetivo.


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Tener que ocupar unas líneas, analizando algo en lo que los venezolanos no deberíamos malgastar nuestro tiempo, ideas y esfuerzos es, a primera vista, muy contradictorio. Pero, resulta que el discurso de Nicolás en la Asamblea General de las Naciones Unidas -que me calé completico para poder opinar con propiedad y saber dónde estamos parados- generó una serie de reacciones impúberes, con atisbos de necedades, que me obligan a fijar una postura. Quizá, una posición muy antipática para quienes, después de ver que Maduro llegó a Nueva York, y habló desde donde el día anterior lo hizo su “archienemigo” Donald Trump, colman sus redes sociales con comentarios y ofensas que, en este momento, con la gravedad de lo que nos ocurre, resultan insulsas.

Por qué enfocarnos en la gordura de Nicolás cuando el problema sustancial es otro. Es cierto que Maduro tiene sobrepeso, es público y notorio. Además, se jacta de lucir sus kilos de más, no sólo cenando como un marajá en Turquía. Pasea su gordura en USA o Venezuela, con la desfachatez propia de un dictador a quien poco le importa que en su país el hambre esté diezmando a la población. Lo que no concibo es que los ¿líderes opositores? que deberían estar enfocados en salir de esta situación país, se queden enfrascados en unas discusiones estériles y banales, que no resuelven el verdadero problema que tenemos en Venezuela. Están obviando algunos detalles, a mi juicio, relevantes; que me permito compartir con ustedes, a manera de reflexión a viva voz.

Brechas de mortalidad infantil en América Latina, por Marino J. González R.

Maduro habló en la ONU. En la Asamblea General de las Naciones Unidas cuya sede está en Nueva York. Viajó a Estados Unidos a escasas horas de que en Venezuela conociéramos las nuevas sanciones que ese país le imponía a algunas de las fichas claves de su régimen. Sanciones que también recayeron sobre su Cilita; a quien poco le importó la medida que, muchos creían, le impediría el viajecito, junto con su maridito, a la Gran Manzana. Pero, volvamos al punto: mientras oía a Nicolás, sólo veía a una persona que no tiene el más mínimo respeto por sí mismo.

Su conciencia no pude estar limpia porque carece de los componentes esenciales de la integridad. Ser íntegro implica hacer lo que uno hace, porque sabe que es lo correcto. Y pese a que él, Nicolás, no es íntegro; no titubea a la hora de interpretar su rol en el juego de la política internacional. Sigue leyendo

Dejan Morir La Democracia en América Latina?


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América Latina vive una época de pesimismo democrático. Las malas noticias parecen multiplicarse: el colapso de toda semblanza de democracia en Venezuela y Nicaragua, el ascenso de un candidato fascistoide en Brasil, la interminable carnicería desatada por el crimen organizado en México, la larga lista de expresidentes latinoamericanos procesados, prófugos o presos por casos de corrupción.

No por casualidad, según cifras de Latinobarómetro, el apoyo a la democracia en la región ha perdido ocho puntos en menos de diez años: de 61 por ciento en 2010 a 53 por ciento en 2017. Al mismo tiempo, la proporción de quienes se declaran indiferentes entre un régimen democrático y uno no democrático ha subido nueve puntos en el mismo periodo: ahora es una cuarta parte de la población.

Es tiempo de prender luces de alarma, pero también de combatir el catastrofismo retórico prevaleciente, que alberga peligros reales. La percepción de que nuestras democracias son incapaces de construir sociedades mejores, embustes diseñados para proteger a los poderosos, puede conducir a desahuciarlas sin mayor ceremonia. Eso sería trágico, además de injusto. Así como decía Mark Twain sobre la música de Wagner, la democracia en América Latina es mejor de lo que suena.

 

               Los Cabos, un destino generoso y aventurero

Cabe empezar por lo más obvio: ya nadie cuestiona hoy en la región la vía electoral como la única legítima para acceder al poder. La transformación de las Farc en partido político clausura un largo ciclo de experiencias insurreccionales y de devaluación de las instituciones democrático-liberales por una parte considerable de la izquierda latinoamericana. Lo que aprendieron los guerrilleros, lo aprendieron también los generales. Como lo ha advertido el expresidente brasileño Fernando Henrique Cardoso: en medio de la grave crisis política de Brasil todos se preguntan qué harán los jueces, no los generales. Eso es progreso. Como progreso es que —con las excepciones de países en estado crítico, como Venezuela—, el fraude electoral puro y duro se ha convertido en una rareza en América Latina.

Lo que ocurre en el ámbito electoral de la democracia, se aplica también al acceso y al ejercicio de derechos económicos y sociales. En las últimas dos décadas, la región ha hecho avances notables en elevar los niveles de desarrollo humano. El estancamiento de los últimos tres años no debe hacernos olvidar que la pobreza en América Latina se ha reducido 18 puntos porcentuales desde 1990 o que la pobreza extrema hoy es menos de la mitad de lo que era en la década de los noventa. También ha caído la desigualdad: en diecisiete de los dieciocho países de la región hay un descenso del coeficiente de Gini en la última década. Tras ese progreso social ciertamente hay crecimiento económico, hoy menos visible que hace un lustro, pero también hay decisiones de política pública, como el aumento significativo de la inversión social. En 1990 esta última equivalía, como promedio, al 9 por ciento del PIB; hoy es casi el 15 por ciento.

La consolidación de la democracia electoral y la aceleración del progreso social son procesos que van ligados. La región avanza en la dirección correcta en el plano social porque la democracia, aunque con enormes imperfecciones, está haciendo su trabajo de permitir la participación y la representación de intereses antes excluidos y, en consecuencia, de reducir las disparidades socioeconómicas. La distribución de poder político que permite la democracia electoral termina por manifestarse en progreso social.

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Bachelet pide al gobierno de Venezuela acceso para los investigadores del Consejo de Derechos Humanos.


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El jueves 27 de septiembre de 2018, Michelle Bachelet, Alta Comisionada de la ONU para los Derechos Humanos, declaró que pidió al gobierno de Venezuela acceso al país para los investigadores del Consejo de Derechos Humanos (UNHRC). Bachelet explicó que se reunió con el canciller de Venezuela, Jorge Arreaza, en Ginebra y le dijo que con o sin alguna resolución, tiene que monitorear y hacer un reporte sobre la situación de los derechos humanos.

 

Justicia Social no es Socialismo


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Por: Fernando Luis Egaña

Está muy trillada la expresión de “no confundir la gimnasia con la magnesia”, en el sentido de que las palabras suenan parecidas pero se refieren a cosas muy distintas. Pero la referida expresión es pertinente a estas líneas, porque se entiende sin problemas. De allí que cambiando lo cambiable, hay que decir algo similar en relación con el principio de la Justicia Social y la ideología socialista-marxista. 

Confundirlos es un absurdo conceptual. Pero ocurre y cada vez con más frecuencia, en nuestra abatida Venezuela. De manera que si alguien se presenta como partidario de la justicia social, en lo nacional o internacional, de inmediato es calificado, por ciertos comentaristas de las redes sociales, de socialista-marxista o, cuando menos, pro-socialista-marxista. Lo cual, desde luego, no se puede aceptar.

La superación del socialismo-marxista no está en el liberalismo irrestricto. En el imperio soberano de los mercados. No. Debe estar en una sana combinación de libertad económica y responsabilidad social. De hecho, en Alemania o Japón es así, para no hablar de los Estados Unidos, cuyo sistema económico no es ajeno, para nada, a la regulación extensiva del Estado. Y ojo, hay regulaciones que pueden responder al principio de la Justicia Social, y otras que no.

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Todo esto viene a cuento, porque es sumamente peligroso que por ignorancia, por dogmatismo, o hasta por mala fe, se trate de formar una corriente de opinión en favor de que el principio histórico de la Justicia Social –fundamento, por ejemplo, de la Doctrina Social de la Iglesia– no es más que una manifestación de rancio marxismo o anticuado socialismo. Y no es así. Ni en su génesis histórica, ni en su definición doctrinal, ni en el campo de las políticas públicas.

El comunismo, en sus variadas vertientes: ortodoxo o “socialismo real”, eurocomunismo, socialismo “borbónico” (que ni olvida, ni aprende), etcétera, es la imposición del colectivismo, la supresión de las libertades económicas y los derechos de propiedad, y el encumbramiento de una dictadura política, económica, social y cultural, en cabeza del partido único.

Eso no tiene nada que ver con la noción de Justicia Social, en un contexto de primacía de la iniciativa personal, del principio de subsidiaridad, y de búsqueda del bien común, respetando el pluralismo e impulsando los valores democráticos. Entonces, por favor, no confundamos la Justicia Social con el socialismo marxista. Favor recordar lo de la gimnasia y la magnesia…